Examen resuelto de Lengua Castellana y Literatura II — Ordinaria 2026
Las buenas maneras
Lavarse las manos antes de comer, no poner los codos sobre la mesa, no hablar con la boca llena, son normas de urbanidad que nos enseñaban en la escuela. En aquellos lejanos tiempos del florido pensil en medio de la miseria de posguerra los niños cantábamos la tabla de multiplicar con una cantinela que salía por las ventanas; realizábamos una gimnasia rudimentaria con nuestros cuerpos en su mayoría famélicos, entonábamos gloriosos himnos a la patria y nos obligaban a leer un cuaderno con dibujos titulado: reglas de urbanidad y buenas maneras. Los dibujos de aquel cuaderno representaban a un chico muy guapo, limpio, atlético y bien peinado, con corbata, jersey de pico y pantalones bombachos que cumplía con las normas de la buena educación en distintos episodios de su vida diaria. Era puntual, saludaba con afecto al maestro, nunca hablaba mal de nadie, era amable con los compañeros, prestaba atención a la persona que estaba hablando, era respetuoso y pedía perdón si cometía alguna falta, reconocía el error si se equivocaba. Era el modelo al que había que imitar. Imagino que aquel niño al hacerse mayor se ha convertido en esa persona corriente, con o sin una ideología determinada, que hoy llena los estadios, acude a las manifestaciones, se atasca en la autopista cada mañana al ir al trabajo o tal vez con suerte aquel niño ha llegado a ser directivo de empresa, líder de opinión o diputado. El albañal político en el que andamos chapoteando o el nivel de basura social que nos ahoga se debe en gran parte a que aquel chico ha olvidado las reglas de urbanidad y buenas maneras que aprendió en la escuela. ¿Cómo es posible que aquel niño sea el mismo que ese diputado que insulta con un lenguaje muy sucio al adversario político en el Congreso o ese verraco anónimo que esparce odio en las redes o ese fanático que rebuzna cuando opina? Me gustaría saber dónde ha quedado aquel niño. Solo con la mitad de sus buenas maneras, este país tendría resueltos más de la mitad de sus problemas.
Manuel Vicent, El País (18/05/2025)
Identifique las ideas del texto, exponga de forma concisa su organización e indique razonadamente su estructura. (1.5 puntos)
Las buenas maneras
Lavarse las manos antes de comer, no poner los codos sobre la mesa, no hablar con la boca llena, son normas de urbanidad que nos enseñaban en la escuela. En aquellos lejanos tiempos del florido pensil en medio de la miseria de posguerra los niños cantábamos la tabla de multiplicar con una cantinela que salía por las ventanas; realizábamos una gimnasia rudimentaria con nuestros cuerpos en su mayoría famélicos, entonábamos gloriosos himnos a la patria y nos obligaban a leer un cuaderno con dibujos titulado: reglas de urbanidad y buenas maneras. Los dibujos de aquel cuaderno representaban a un chico muy guapo, limpio, atlético y bien peinado, con corbata, jersey de pico y pantalones bombachos que cumplía con las normas de la buena educación en distintos episodios de su vida diaria. Era puntual, saludaba con afecto al maestro, nunca hablaba mal de nadie, era amable con los compañeros, prestaba atención a la persona que estaba hablando, era respetuoso y pedía perdón si cometía alguna falta, reconocía el error si se equivocaba. Era el modelo al que había que imitar. Imagino que aquel niño al hacerse mayor se ha convertido en esa persona corriente, con o sin una ideología determinada, que hoy llena los estadios, acude a las manifestaciones, se atasca en la autopista cada mañana al ir al trabajo o tal vez con suerte aquel niño ha llegado a ser directivo de empresa, líder de opinión o diputado. El albañal político en el que andamos chapoteando o el nivel de basura social que nos ahoga se debe en gran parte a que aquel chico ha olvidado las reglas de urbanidad y buenas maneras que aprendió en la escuela. ¿Cómo es posible que aquel niño sea el mismo que ese diputado que insulta con un lenguaje muy sucio al adversario político en el Congreso o ese verraco anónimo que esparce odio en las redes o ese fanático que rebuzna cuando opina? Me gustaría saber dónde ha quedado aquel niño. Solo con la mitad de sus buenas maneras, este país tendría resueltos más de la mitad de sus problemas.
Manuel Vicent, El País (18/05/2025)
Explique la intención comunicativa del autor. (0.5 puntos)
Las buenas maneras
Lavarse las manos antes de comer, no poner los codos sobre la mesa, no hablar con la boca llena, son normas de urbanidad que nos enseñaban en la escuela. En aquellos lejanos tiempos del florido pensil en medio de la miseria de posguerra los niños cantábamos la tabla de multiplicar con una cantinela que salía por las ventanas; realizábamos una gimnasia rudimentaria con nuestros cuerpos en su mayoría famélicos, entonábamos gloriosos himnos a la patria y nos obligaban a leer un cuaderno con dibujos titulado: reglas de urbanidad y buenas maneras. Los dibujos de aquel cuaderno representaban a un chico muy guapo, limpio, atlético y bien peinado, con corbata, jersey de pico y pantalones bombachos que cumplía con las normas de la buena educación en distintos episodios de su vida diaria. Era puntual, saludaba con afecto al maestro, nunca hablaba mal de nadie, era amable con los compañeros, prestaba atención a la persona que estaba hablando, era respetuoso y pedía perdón si cometía alguna falta, reconocía el error si se equivocaba. Era el modelo al que había que imitar. Imagino que aquel niño al hacerse mayor se ha convertido en esa persona corriente, con o sin una ideología determinada, que hoy llena los estadios, acude a las manifestaciones, se atasca en la autopista cada mañana al ir al trabajo o tal vez con suerte aquel niño ha llegado a ser directivo de empresa, líder de opinión o diputado. El albañal político en el que andamos chapoteando o el nivel de basura social que nos ahoga se debe en gran parte a que aquel chico ha olvidado las reglas de urbanidad y buenas maneras que aprendió en la escuela. ¿Cómo es posible que aquel niño sea el mismo que ese diputado que insulta con un lenguaje muy sucio al adversario político en el Congreso o ese verraco anónimo que esparce odio en las redes o ese fanático que rebuzna cuando opina? Me gustaría saber dónde ha quedado aquel niño. Solo con la mitad de sus buenas maneras, este país tendría resueltos más de la mitad de sus problemas.
Manuel Vicent, El País (18/05/2025)
¿Cree que en España actualmente se ha perdido la buena educación? Elabore un discurso argumentativo, de entre 200 y 250 palabras, en respuesta a esta pregunta, eligiendo el tipo de estructura que considere adecuado. (2 puntos)
Identifique y explique las relaciones sintácticas que se establecen entre las oraciones del fragmento siguiente: Era puntual, saludaba con afecto al maestro, nunca hablaba mal de nadie, era amable con los compañeros, prestaba atención a la persona que estaba hablando, era respetuoso y pedía perdón si cometía alguna falta […]. (1.5 puntos)
Analice sintácticamente el siguiente fragmento: Me gustaría saber dónde ha quedado aquel niño. (1.5 puntos)
Analice cómo están formadas las siguientes palabras, en negrita en el texto, indicando para cada una sus formantes y el procedimiento empleado: posguerra, rudimentaria. (1 punto)
Las buenas maneras
Lavarse las manos antes de comer, no poner los codos sobre la mesa, no hablar con la boca llena, son normas de urbanidad que nos enseñaban en la escuela. En aquellos lejanos tiempos del florido pensil en medio de la miseria de posguerra los niños cantábamos la tabla de multiplicar con una cantinela que salía por las ventanas; realizábamos una gimnasia rudimentaria con nuestros cuerpos en su mayoría famélicos, entonábamos gloriosos himnos a la patria y nos obligaban a leer un cuaderno con dibujos titulado: reglas de urbanidad y buenas maneras. Los dibujos de aquel cuaderno representaban a un chico muy guapo, limpio, atlético y bien peinado, con corbata, jersey de pico y pantalones bombachos que cumplía con las normas de la buena educación en distintos episodios de su vida diaria. Era puntual, saludaba con afecto al maestro, nunca hablaba mal de nadie, era amable con los compañeros, prestaba atención a la persona que estaba hablando, era respetuoso y pedía perdón si cometía alguna falta, reconocía el error si se equivocaba. Era el modelo al que había que imitar. Imagino que aquel niño al hacerse mayor se ha convertido en esa persona corriente, con o sin una ideología determinada, que hoy llena los estadios, acude a las manifestaciones, se atasca en la autopista cada mañana al ir al trabajo o tal vez con suerte aquel niño ha llegado a ser directivo de empresa, líder de opinión o diputado. El albañal político en el que andamos chapoteando o el nivel de basura social que nos ahoga se debe en gran parte a que aquel chico ha olvidado las reglas de urbanidad y buenas maneras que aprendió en la escuela. ¿Cómo es posible que aquel niño sea el mismo que ese diputado que insulta con un lenguaje muy sucio al adversario político en el Congreso o ese verraco anónimo que esparce odio en las redes o ese fanático que rebuzna cuando opina? Me gustaría saber dónde ha quedado aquel niño. Solo con la mitad de sus buenas maneras, este país tendría resueltos más de la mitad de sus problemas.
Manuel Vicent, El País (18/05/2025)
Explique el sentido que tienen en el texto las siguientes palabras subrayadas: urbanidad, famélicos. (1 punto)
Las buenas maneras
Lavarse las manos antes de comer, no poner los codos sobre la mesa, no hablar con la boca llena, son normas de urbanidad que nos enseñaban en la escuela. En aquellos lejanos tiempos del florido pensil en medio de la miseria de posguerra los niños cantábamos la tabla de multiplicar con una cantinela que salía por las ventanas; realizábamos una gimnasia rudimentaria con nuestros cuerpos en su mayoría famélicos, entonábamos gloriosos himnos a la patria y nos obligaban a leer un cuaderno con dibujos titulado: reglas de urbanidad y buenas maneras. Los dibujos de aquel cuaderno representaban a un chico muy guapo, limpio, atlético y bien peinado, con corbata, jersey de pico y pantalones bombachos que cumplía con las normas de la buena educación en distintos episodios de su vida diaria. Era puntual, saludaba con afecto al maestro, nunca hablaba mal de nadie, era amable con los compañeros, prestaba atención a la persona que estaba hablando, era respetuoso y pedía perdón si cometía alguna falta, reconocía el error si se equivocaba. Era el modelo al que había que imitar. Imagino que aquel niño al hacerse mayor se ha convertido en esa persona corriente, con o sin una ideología determinada, que hoy llena los estadios, acude a las manifestaciones, se atasca en la autopista cada mañana al ir al trabajo o tal vez con suerte aquel niño ha llegado a ser directivo de empresa, líder de opinión o diputado. El albañal político en el que andamos chapoteando o el nivel de basura social que nos ahoga se debe en gran parte a que aquel chico ha olvidado las reglas de urbanidad y buenas maneras que aprendió en la escuela. ¿Cómo es posible que aquel niño sea el mismo que ese diputado que insulta con un lenguaje muy sucio al adversario político en el Congreso o ese verraco anónimo que esparce odio en las redes o ese fanático que rebuzna cuando opina? Me gustaría saber dónde ha quedado aquel niño. Solo con la mitad de sus buenas maneras, este país tendría resueltos más de la mitad de sus problemas.
Manuel Vicent, El País (18/05/2025)
Comente dos mecanismos de cohesión distintos que refuercen la coherencia en el texto. (0.5 puntos)
Las buenas maneras
Lavarse las manos antes de comer, no poner los codos sobre la mesa, no hablar con la boca llena, son normas de urbanidad que nos enseñaban en la escuela. En aquellos lejanos tiempos del florido pensil en medio de la miseria de posguerra los niños cantábamos la tabla de multiplicar con una cantinela que salía por las ventanas; realizábamos una gimnasia rudimentaria con nuestros cuerpos en su mayoría famélicos, entonábamos gloriosos himnos a la patria y nos obligaban a leer un cuaderno con dibujos titulado: reglas de urbanidad y buenas maneras. Los dibujos de aquel cuaderno representaban a un chico muy guapo, limpio, atlético y bien peinado, con corbata, jersey de pico y pantalones bombachos que cumplía con las normas de la buena educación en distintos episodios de su vida diaria. Era puntual, saludaba con afecto al maestro, nunca hablaba mal de nadie, era amable con los compañeros, prestaba atención a la persona que estaba hablando, era respetuoso y pedía perdón si cometía alguna falta, reconocía el error si se equivocaba. Era el modelo al que había que imitar. Imagino que aquel niño al hacerse mayor se ha convertido en esa persona corriente, con o sin una ideología determinada, que hoy llena los estadios, acude a las manifestaciones, se atasca en la autopista cada mañana al ir al trabajo o tal vez con suerte aquel niño ha llegado a ser directivo de empresa, líder de opinión o diputado. El albañal político en el que andamos chapoteando o el nivel de basura social que nos ahoga se debe en gran parte a que aquel chico ha olvidado las reglas de urbanidad y buenas maneras que aprendió en la escuela. ¿Cómo es posible que aquel niño sea el mismo que ese diputado que insulta con un lenguaje muy sucio al adversario político en el Congreso o ese verraco anónimo que esparce odio en las redes o ese fanático que rebuzna cuando opina? Me gustaría saber dónde ha quedado aquel niño. Solo con la mitad de sus buenas maneras, este país tendría resueltos más de la mitad de sus problemas.
Manuel Vicent, El País (18/05/2025)
Señale dos marcas de subjetividad del texto y justifíquelas con un ejemplo del propio texto. (0.5 puntos)
Responda a las tres cuestiones que se plantean a partir del tema «El teatro desde principios del siglo XX hasta 1939». (1.5 puntos)
Responda a las tres cuestiones que se plantean a partir del tema «El teatro desde 1939 hasta nuestros días». (1.5 puntos)
Responda a las tres cuestiones que se plantean a partir del texto siguiente. (1.5 puntos)
No decía palabras
No decía palabras,
acercaba tan solo un cuerpo interrogante,
porque ignoraba que el deseo es una pregunta
cuya respuesta no existe,
una hoja cuya rama no existe,
un mundo cuyo cielo no existe.
La angustia se abre paso entre los huesos,
remonta por las venas
hasta abrirse en la piel,
surtidores de sueño
hechos carne en interrogación vuelta a las nubes.
Un roce al paso,
una mirada fugaz entre las sombras,
bastan para que el cuerpo se abra en dos,
ávido de recibir en sí mismo
otro cuerpo que sueñe;
mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne,
iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo.
Aunque sólo sea una esperanza,
porque el deseo es una pregunta cuya respuesta nadie sabe.
Luis Cernuda, Los placeres prohibidos
Responda a las tres cuestiones que se plantean a partir del texto siguiente. (1.5 puntos)
«No te apures, mujer, que en lo fundamental no he cambiado, aquí solo se atiende a las faenas precisas y la comida se improvisa sobre la marcha, se ofrece lo que buenamente haya, y siempre como aliciente al servicio de la conversación, sin cumplidos y rápido, lo importante es seguir hablando, con los demás o una sola. Pero comprende que también, de vez en cuando, hay que recoger un poco para que el ambiente se siga manteniendo grato, conviene matizar, al desorden no hay que venerarlo tampoco en sí, todos los dogmas son malos. Otro día te contaré lo que pienso ahora sobre esto del orden y el desorden, son veinticuatro años, hija, los que llevo en esta cocina, tú dirás si no he tenido tiempo para darle vueltas al tema ese de lo doméstico, y te digo que el excesivo desorden te aplasta, créeme, puede llegar a quitarme hasta las ganas de vivir, mira si no cómo acaban los drogadictos. Pero claro, tú de esta gente no sabes nada, tú no has pasado de Cúnigan, otro día te lo cuento, ahora ando con un poco de prisa, solo he venido a buscar el termo del té para que no decaiga una conversación que he dejado pendiente en el cuarto de allá, tengo visita, ¿sabes?, por cierto, una visita inesperada y bastante rara, sí, como las de los ejercicios de redacción, a ti te encantaría.»
Carmen Martín Gaite, El cuatro de atrás
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