Examen resuelto de Lengua Castellana y Literatura II — Extraordinaria 2026
Más allá de la meta
Imagino al poeta Píndaro sentado en la grada del hipódromo de Olimpia gritando al ver pasar por delante en medio de una gran polvareda el carro de Terón, rey de Agrigento, tirado por cuatro caballos. A simple vista el poeta era un hincha más entre el público que vociferaba alentando a su héroe favorito. En su honor escribió: «Hoy celebrar el triunfo/ con voz sonora debo/ que la veloz cuadriga/ donó a Terón excelso/, varón hospitalario/, columna de Agrigento/, flor de gloriosa raza/ señor de vasto reino». En la antigua Grecia los juegos olímpicos, que se celebraban cada cuatro años, daban paso a una tregua de paz entre los estados que solían estar siempre en guerra. Desde todas las ciudades de la Magna Grecia acudían los atletas a Olimpia, en el Peloponeso, con el espíritu dispuesto a llevar el cuerpo siempre un poco más allá, contra el tiempo y el espacio. Más alto, más fuerte, más rápido, era el reto que Zeus, dios de dioses, imponía a los humanos que buscaban la gloria en la palestra, solo que más allá de la meta no había nada salvo una corona con hojas de acebuche1 y los versos de un poeta que te haría inmortal. Agesias de Siracusa, Diágoras de Rodas, Saumis de Camarina, Ergósteles de Himera, Jenofonte de Corín, estos atletas fueron algunos de los aclamados como héroes entonces, pero si hoy recordamos sus nombres es solo porque merecieron que los poetas Anacreonte, Simónides de Ceos y Píndaro dedicaran unos versos a sus hazañas. Los juegos olímpicos que se van a celebrar dentro de unos días en París no impedirán que siga la guerra de Ucrania, ni ayudarán a que ceda en absoluto la ignominia del genocidio de Gaza. Tal vez la publicidad todo lo pudre hasta el punto de que se puede confundir la velocidad del héroe con la marca de sus zapatillas y el sudor de su esfuerzo con un determinado refresco. Pero lo cierto es que la victoria en el deporte es el único don capaz de arrancar un grito ciego de las entrañas que equipara a los humanos con los dioses.
MANUEL VICENT, El País, 21/07/2024 (texto adaptado)
1 Acebuche: olivo silvestre.
Pregunta 1. Resumen e interpretación del texto anterior (2 puntos)
Pregunta 2. Reformulación léxica (2 puntos)
Pregunta 3. Análisis morfológico (2 puntos)
Pregunta 4. Comentario sintáctico (2 puntos)
Y bien —se me dirá...— ¿cuál es tu religión? Y yo responderé: «Mi religión es buscar la verdad en la vida y la vida en la verdad, aun a sabiendas de que no he de encontrarla mientras viva; mi religión es luchar incesante1 e incansablemente con el misterio; mi religión es luchar con Dios desde el romper del alba hasta el caer de la noche, como dicen que con Él luchó Jacob. No puedo transigir2 con aquello del inconocible —o incognoscible, como escriben los pedantes— ni con aquello otro de “de aquí no pasarás”. Rechazo el eterno ignorabimus. Y, en todo caso, quiero trepar a lo inaccesible».
«Sed perfectos como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto», nos dijo el Cristo, y semejante ideal de perfección es, sin duda, inasequible. Pero nos puso lo inasequible como meta y término de nuestros esfuerzos. Y ello ocurrió, dicen los teólogos, con la gracia. Y yo quiero pelear mi pelea, sin cuidarme de la victoria. ¿No hay ejércitos y aún pueblos que van a una derrota segura? ¿No elogiamos a los que se dejaron matar peleando antes de rendirse? Pues esta es mi religión. [...]
En el orden religioso apenas hay cosa alguna que tenga racionalmente resuelta, y como no la tengo, no puedo comunicarla lógicamente, porque sólo es lógico y trasmisible lo racional. Tengo, sí, con el afecto, con el corazón, con el sentimiento, una fuerte tendencia al cristianismo, sin atenerme a dogmas especiales de esta o de aquella confesión cristiana.
[...] Nadie ha logrado convencerme racionalmente de la existencia de Dios, pero tampoco de su no existencia; los razonamientos de los ateos me parecen de una superficialidad y futileza3 mayores o aún que los de sus contradictores. Y si creo en Dios, o, por lo menos, creo creer en Él, es, ante todo, porque quiero que Dios exista, y después, porque se me revela por vía cordial, en el Evangelio y a través de Cristo y de la Historia. Es cosa de corazón.
MIGUEL DE UNAMUNO, Mi religión y otros ensayos
1 incesante: constante.
2 transigir: consentir.
3 futileza: de poca importancia.
Pregunta 5. Comentario del fragmento de Mi religión y otros ensayos, de Miguel de Unamuno (2 puntos)
Responda a estas cuestiones relativas al texto anterior:
Y bien —se me dirá...— ¿cuál es tu religión? Y yo responderé: «Mi religión es buscar la verdad en la vida y la vida en la verdad, aun a sabiendas de que no he de encontrarla mientras viva; mi religión es luchar incesante1 e incansablemente con el misterio; mi religión es luchar con Dios desde el romper del alba hasta el caer de la noche, como dicen que con Él luchó Jacob. No puedo transigir2 con aquello del inconocible —o incognoscible, como escriben los pedantes— ni con aquello otro de “de aquí no pasarás”. Rechazo el eterno ignorabimus. Y, en todo caso, quiero trepar a lo inaccesible».
«Sed perfectos como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto», nos dijo el Cristo, y semejante ideal de perfección es, sin duda, inasequible. Pero nos puso lo inasequible como meta y término de nuestros esfuerzos. Y ello ocurrió, dicen los teólogos, con la gracia. Y yo quiero pelear mi pelea, sin cuidarme de la victoria. ¿No hay ejércitos y aún pueblos que van a una derrota segura? ¿No elogiamos a los que se dejaron matar peleando antes de rendirse? Pues esta es mi religión. [...]
En el orden religioso apenas hay cosa alguna que tenga racionalmente resuelta, y como no la tengo, no puedo comunicarla lógicamente, porque sólo es lógico y trasmisible lo racional. Tengo, sí, con el afecto, con el corazón, con el sentimiento, una fuerte tendencia al cristianismo, sin atenerme a dogmas especiales de esta o de aquella confesión cristiana.
[...] Nadie ha logrado convencerme racionalmente de la existencia de Dios, pero tampoco de su no existencia; los razonamientos de los ateos me parecen de una superficialidad y futileza3 mayores o aún que los de sus contradictores. Y si creo en Dios, o, por lo menos, creo creer en Él, es, ante todo, porque quiero que Dios exista, y después, porque se me revela por vía cordial, en el Evangelio y a través de Cristo y de la Historia. Es cosa de corazón.
MIGUEL DE UNAMUNO, Mi religión y otros ensayos
1 incesante: constante.
2 transigir: consentir.
3 futileza: de poca importancia.
Pregunta 6. Cuestión relativa al fragmento de Mi religión y otros ensayos, de Miguel de Unamuno (2 puntos)
Comente —razonadamente y empleando ejemplos— dos rasgos presentes en el texto que permitan justificar que pertenece a la producción ensayística de Miguel de Unamuno o a la generación del 98.
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